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Fallecimiento

Para el judaísmo la vida es considerada como la experiencia más importante de la existencia humana; la muerte, en sí misma, es percibida solamente como el fin de la vida material, tras la cual el alma comienza una nueva vida.

Sin embargo, el judaísmo es sensible al trance del gran dolor que implica la muerte de un ser querido. Por ello, los rituales y leyes tradicionales relativos a la muerte y al duelo tienen un doble propósito: recordar y honrar la memoria del fallecido y consolar a los deudos durante este trance.

Según la Torá el hombre, que fue creado a "imagen y semejanza de D-s", debe ser tratado con respeto durante su vida y también después de su muerte; por tanto ha de ser preparado para el entierro de acuerdo con la ley. Así también, la incineración o destrucción del cuerpo están prohibidas. Se considera esencial el regreso del hombre a la tierra de la cual fue creado, "porque polvo eres y al polvo volverás". (Génesis 3:19).

El cuidado del cuerpo, la preparación del sepelio y el entierro en sí, son tareas de carácter sagrado, para las cuales se organiza en la mayoría de las comunidades una Hebrá Kadishá (sociedad sagrada), compuesta por miembros piadosos de la comunidad.

El entierro debe realizarse lo más pronto posible para cumplir con el precepto bíblico que dice: "Su cadáver no pasará la noche... antes le enterrarás sin falta ese mismo día". (Deuteronomio 21:23) y no se debe abandonar el cuerpo hasta el momento de la sepultura. Todos los judíos son enterrados con la misma vestimenta: una mortaja o sudario confeccionado en algodón blanco, símbolo de pureza. Esta práctica fue instituida por el rabino Gamaliel hace 1800 años, para enfatizar la idea de que todos los hombres son iguales a la hora de morir. Asimismo y con el mismo sentido, el ataúd debe ser de madera, simple y sin adornos.

Los momentos que transcurren entre el fallecimiento de un ser querido y su entierro, son momentos de gran incertidumbre y desorientación para los familiares. La ley judía es sensible a esta situación y por ello, libera a los familiares de sus obligaciones religiosas, de manera que puedan dedicarse enteramente a expresar sus sentimientos y prepararse para el entierro.

Uno de los rituales que se realiza durante el funeral y que se remonta a los tiempos bíblicos es la Keriá: "Y rasgó Yaacov sus ropas...y se enlutó por su hijo (Yosef) muchos días." (Génesis 37, 34). La Keriá consiste en rasgar una parte de la ropa que llevan puesta los dolientes directos - padre o madre, hijo o hija, hermano o hermana (por parte de padre o madre), esposo o esposa – como expresión externa de las emociones interiores de aquel que está de luto. En el momento en que el Rabino rasga la ropa del doliente, éste pronuncia la siguiente bendición: "Bendito eres tú, Señor nuestro D-s, Rey del Mundo, Juez Verdadero", como testimonio de que no culpa al Todopoderoso por su pérdida y que acepta el juicio divino.

Terminado el funeral comienza la Shivá, el primer periodo de duelo que dura una semana (shivá literalmente significa siete). El propósito fundamental de la Shivá es que los deudos estén acompañados y confortados en este periodo inicial de intenso dolor, puedan empezar a hablar de su pérdida, exteriorizar sus sentimientos y aceptar las condolencias de sus familiares y amigos.
Durante esta semana los deudos directos no salen de la casa y suelen permanecer en el hogar de la persona fallecida, donde reciben las visitas de familiares y amigos, quienes así cumplen con la mitzvá de brindar apoyo emocional, mental y espiritual a las personas que están de luto. Los deudos deben sentarse en sillas más bajas que la altura normal, en señal de luto; no pueden cortarse el cabello ni afeitarse; deben evitar toda actividad que les proporcione placer; deben evitar trabajar; y deben vestir las ropas que fueron rasgadas en la Keriá.

En el transcurso de los siete días de la Shivá se realizan también servicios religiosos en honor del fallecido. Tres veces al día se recita el Kadish, oración distintiva del duelo judío. El Kadish, es una oración de alabanza que no contiene referencias directas a la muerte; es una afirmación de la fe y una declaración de la grandeza del Todopoderoso. El Kadish es uno de los pocos rezos del judaísmo que debe realizarse con la presencia obligatoria de un minyán (quórum de por lo menos diez varones adultos), garantizando así que los deudos estén acompañados.

El segundo periodo de duelo se llama "shloshim", treinta en hebreo, que comienza al terminar la Shivá y se extiende, como su nombre indica, hasta el trigésimo día después del entierro. Durante este lapso los deudos comienzan a reincorporarse a su vida normal: regresan a sus ocupaciones regulares y al trabajo, pero se les prohíbe cortarse el cabello y afeitarse, así como asistir a reuniones sociales o fiestas.

Para finalizar este periodo se acostumbra a realizar una ceremonia -denominada Mishmará para los sefardíes- que consiste en una reunión en la sinagoga, en la cual se recuerdan las buenas obras de la persona fallecida, se dicen palabras de Torá y se reza en la memoria del difunto. Asimismo, se visita el cementerio, donde se recitan unos salmos y la oración por los difuntos "Haskabá" o “El Male Rajamim”, seguido del Kadish por parte de los deudos.

El tercer y último periodo de luto se extiende hasta que se cumplen los primeros once meses a partir del fallecimiento. Durante este periodo los deudos regresan a la normalidad de su rutina, aunque aún tienen prohibido participar en fiestas y deben asistir diariamente a la sinagoga para decir el Kadish.

Al finalizar este periodo de duelo y cumplirse un año del fallecimiento, la tradición judía no acepta que se continúe llevando el luto. Los difuntos deben ser recordados en los aniversarios de su fallecimiento, fecha que se acostumbra a conmemorar con el encendido de velas y con un servicio religioso especial, llamado Najalá para lo sefardíes y Yur-Tzait para los asquenazíes. Estos últimos recuerdan a sus muertos también en las ceremonias colectivas de Yzkor en la sinagoga.

Se acostumbra a erigir una lápida en la tumba de la persona fallecida, con el objeto de que ésta no sea olvidada y que su tumba no sea profanada. Esta práctica data de la época de los patriarcas; "Y Jacob erigió un monumento sobre la sepultura” (Génesis 35:20). Según cada comunidad, la lápida puede descubrirse entre los 30 días y los 11 meses posteriores al entierro.

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Viernes 17/03/2017

Encendido de velas 19.06

Shabat 18/03/2017/2016
Concluye 20.05
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